31 ago. 2016

"Ahora que llego a casa, que todos los mares se aquietan..."

Mientras tanto, en el escritorio de Linda.
Durante este mes de agosto Mi Paraíso Desierto cumple ya 9 años de vida. Nueve jodidos, cambiantes y maravillosos años. Podría dejar este post para el año que viene; meditarlo más y publicarlo cuando le caiga una década encima para poder quedarme yo muy quitada de la pena viendo pasar la vida por el rabillo del ojo, pero lo cierto es que no sé dónde estaremos en aquel entonces; ni el blog ni yo. Así que cuando llegue el décimo aniversario, ya veré qué cosa hago.

¿Hemos cambiado? Para mi, la escencia sigue siendo la misma. Sin embargo, el entorno sí que ha cambiado. Y mucho. Este blog nació en la ciudad de Culiacán, Sinaloa en un 2007 que me sabía a miseria y tristeza. Decepcionada de haber elegido una carrera que no me gustaba y descubriendo que tenía un problema social que había ignorado deliberadamente desde que era sólo una niña y que en ese momento me abofeteaba la cara cuando tenía que salir y enfrentarme al mundo de los adultos y los profesionales. Nació en la laptop de mi hermana, una madrugada calurosa de verano, en una casa donde compartía asistencia con otros estudiantes y junto a una ventana de donde solo lograba percibir la tenue luz de la luna. Ahí nació, humilde y sencillo, como una isla de resistencia en medio de un mar embravecido. Todo ha cambiado desde entonces menos la hora: la madrugada me sigue otorgando la tranquilidad que el ruido del día no me puede dar, junto con esa concentración que no tiene cabida en mi mente durante las horas laborables porque mis neuronas se rehúsan a cooperar. Ahora escribo esto desde Escuinapa, al sur de Sinaloa, después de salir del trabajo y cenar un poco de cereal. Escribo esto en mi propia habitación, desde mi propio escritorio, desde mi propia laptop (Dante) mientras los habitantes del principado duermen, y el aire acondicionado hace más agradable la ocasión. Escribo mientras Umi, mi perrita de 14 años, se avienta el sueño de su vida y Deimos y Denver, brincan por toda la cama, jugando en silencio. Y mirando en retrospectiva, al final era precisamente esto lo que quería. Una vida tranquila así sin más. Sin deberle nada a nadie.

Habrá quien me tache de conformista, que diga que una carrera universitaria me habría remunerado más de lo que jamás haré aquí y cosas por el estilo, pero lo cierto es que yo no nací para eso. No me apetece cambiar el mundo a gran escala, ni dar clases frente a un grupo de alumnos en alguna escuela, ni viajar a cuanta ciudad señale en el mapa, ni sentarme a cobrar la última consulta que caiga en el negocio. Ni siquiera casarme, ni tener hijos. Con el paso del tiempo aprendí que mis aspiraciones eran más sencillas: un trabajo estable, un día a la semana libre, una cama para acurrucarme con mis mascotas los días de lluvia, un librero repleto de libros por leer (para leerlos cuando yo quería, en el momento que me nazca hacerlo), algunos viajes a las playas de mi ciudad un par de veces al año o a mi familia reunida en Navidad. Nada de enemigos, nada de enemistades, nada de compromisos sociales, ni grandes préstamos por pagar.

Este blog sigue guardando su esencia, claro está. Sigue siendo mi escudo y mi refugio. Y si ya no actualizo tanto como lo hacía antes es porque ya no es el centro de mi vida; cuando sólo vivía y respiraba por esto, cuando era mi único motivo para levantarme a diario. Ahora tengo un trabajo y tengo que ser constante en eso para mantener el estilo de vida que quiero. Pero este lugar sigue siendo mi isla de resistencia. El único lugar donde puedo verter a borbotones todas mis opiniones y desvaríos. Sigo mirando al sur cuando me siento agotada del futuro e incluso, después de tantos años, Ismael Serrano sigue poniéndole música a mi vida, tanto como el nombre a mi blog y el título a este post. Me sigo divirtiendo como enana al sumergirme a una página en blanco con un millón de ideas galopando en mi cabeza y la frustración a tope cuando al tercer día veo cómo las palabras se apiñan tanto que ya no pueden salir y plasmarse; sigo cerrando la laptop de golpe, enfadada por el bloqueo mental que me invade a veces y sigo jurando que jamás volveré a escribir aquí cuando esos momentos funestos llegan.

Pero aquí sigo, y aquí sigue también él. Con nueve años a cuestas y decenas de post escritos que siguen guardando la ilusión de días mejores; de gustos, de sueños e ilusiones. Pero somos los mismos; quizá más realistas, menos ingenuos e idealistas. Y seguiremos mejorando por este año y por todos los que vendrán después de este.

Gracias también a quien esté leyendo detrás de esa pantalla.

25 ago. 2016

Únicamente una habitación (o una casa pequeñita)

Imágenes de Think Geek.
—Una habitación —musité frente a mi maestra y mis compañeros de clases cuando ella nos pidió que describieramos cómo imaginábamos nuestra casa ideal, ahí donde queríamos vivir cuando crecieramos—. Sólo quiero una habitación.

Bajé un poco el cuaderno donde tenía los detalles de mi habitación (esa que sería mi casa cuando creciera) y sólo me topé con la mirada homónima de treinta niños que no entendían de qué estaba hablando. Ellos nunca entendían de qué estaba hablando. La maestra Martha, por el contrario, ladeó la cabeza y parpadeó repetidas veces, tal y como hacen esas señoras de edad cuando intentan decirte sin palabras: cuéntame más porque me interesa.  

—Para mí, una habitación es suficiente —remarqué tímidamente mientras regresaba mi mirada al cuaderno e intentaba continuar con la descripción que tenía escrita—. Me gustaría que tuviera una ventana con un…

—No puedes vivir en una habitación —atajó Ana Karen, la niña que se sentaba cuatro sillas más adelante, en la fila de al lado. La misma que quería un penthouse en Acapulco y un cottage en los campos de Irlanda— ¿Dónde estará la sala? ¿Dónde te bañarás?

—¿Dónde recibirás a las visitas? ¿Qué pasará cuando tus padres te visiten? ¿Dónde guardarás tu auto? —Esas preguntas nacieron de Edgar; el que quería ser mecánico, como su padre, y comprarse un Ferrari con el dinero obtenido. Tan inocente e ingenuo como esa edad se lo permitía.

Lo del baño ya lo había pensado, obviamente mi única habitación tendría un cuarto de baño (había que ser medio bruta para no ponerlo). Y si había decidido vivir en un lugar así era porque no quería recibir visitas, ¿no era algo demasiado obvio para todo el mundo?

—Mi pequeña casa, de una habitación, sin sala y sin cochera, estará cerca de un hotel. Mis padres se podrán hospedar ahí —aclaré espontáneamente para tranquilizar a mis compañeros—. Yo pagaré el hospedaje.

No lo entendieron. Jamás lo entendieron. No sé si al final mi maestra lo entendió, no lo recuerdo. Estaba rodeada de niños cuyas aspiraciones de casa ideal no se limitaban a una vivienda del INFONAVIT sino que iban mil ilusiones más allá: un hogar con chimenea, piscina, cocina integral y pisos alfombrados. Casas grandes, toscas, de mármol. Con cercas eléctricas y cámaras de vigilancia. Familias perfectas, autos del año y perros de raza. Yo sólo quería una habitación donde pudiera sentirme en paz y descansar; donde pudiera olvidarme de todos ellos y del mundo por unas horas hasta nuevo aviso.


Muy poco ha cambiado mi visión respecto a aquellos años. Leves cambios, pero la idea siempre ha sido la misma: una habitación. Sólo una, ¿para qué quiero más? Cuando mucho una casa pequeñita, con todo lo indispensable para vivir una vida tranquila pero sin exceso de piso, habitaciones y baños en cada esquina. Sí, mejor eso: una casa diminuta donde pueda construir mi propia utopía mientras el mundo se embadurna en sus propios problemas. Tendría persianas en las tres o cuatro ventanas y la salita estaría justo al entrar a la puerta principal y sus tres sillones sencillos tendrían algunos cojines frikis y emojis varios. Los cuadros que colgarían de la pared serían de mis películas o series favoritas. No serían mucho, sólo unos cuantos, que sean muy concisos y simbólicos, incluso sencillos y minimalistas. Ahí en la sala quizá se logre ubicar un televisor frente a los sillones, y su mueble estaría repletos de todas esas figuras que siempre he soñado con coleccionar a borbotones.

Más adelante estaría el comedor, pequeño, quizá redondo, con cubiertos igual de cuquis como todo lo demás, con tapetes, platos, y vasos a juego con mi nivel de locura. Y al fondo una cocina, también algo diminuta con otra tanda de electrodomésticos absurdos acorde con todo lo demás. Al fondo un patio donde estaría la lavadora y los juegetes de mis perritos rescatados, además del arenero del gato. Pasto everywhere y un par de arbolitos donde una mesa con sus sillas y una sombrilla enorme hicieran más pasadera las tardes de verano. Alguna hamaca enorme colgaría de ahí para acostarme a leer algún libro las noches de primavera. A un costado del comedor estaría un pequeño estudio donde pondría los muebles que guardarían la inmensa cantidad de libros que he acumulado a lo largo de mi vida. Además de un escritorio con mi laptop y una pizarra de corcho para poner mi lluvia de ideas sobre los próximos post del blog y una cantidad inmensa de fotografías y recortes importantes (para mi) se apiñarían en alguna pared. Habría una o dos habitaciones, pero la mía tendría un puñado de peluches adorables y grandes, por todos los que me faltaron tener siendo niña, además de un proyector de estrellas para relajarme por las noches y un par de bocinas para poner música bonita antes de acostarme. El único baño de la casa sería tan friki como todo lo demás.

Ya saben, un diminuto reino independiente donde convivan todas mis fantasías y en el que pueda refugiarme de todo y de todos para deshacerme del estrés del día y ver cómo la vida es noble y generosa de vez en cuando. Sólo una habitación; una casita pequeñita en medio de un millar más. (Un museo al consumismo, a como puedo apreciar por las imágenes que he elegido xD).

11 ago. 2016

Película: A Werewolf Boy (2012)

Sinopsis: Kim Suni, una mujer mayor que a sus 60 años vive en los Estados Unidos, recibe una llamada telefónica acerca de la venta de su vieja casa familiar en Corea del Sur. De regreso a su tierra natal, se encuentra con su nieta Eun Joo, quien la conduce a la casa de campo y deciden pasar la noche ahí. Suni recuerda cómo hace 47 años cuando era una adolescente en 1965, se trasladó desde Seúl junto con su madre viuda y su hermana menor Sun Ja a un valle remoto para someterse a un período de convalecencia tras sufrir problemas con sus pulmones. Las Kim vivían en la pobreza y estaban a merced de su patrón arrogante y vanidoso, Ji Tae, hijo del socio de negocios del difunto padre de Suni. Debido a su delicado estado de salud, Suni quien era una joven hermosa pero introvertida vive una vida aislada en su país de origen, sin amigos de su edad. Una noche, Suni mira destellos en la oscuridad de la parte trasera de su casa. Al día siguiente, ella descubre a un joven salvaje de unos 19 años en su patio. Ella lo educa y le enseña todo lo que debe saber para comportarse.

Opinión personal: Me topé con esta película cuando buscaba algo de transición después de terminar Descendientes del sol. Por un momento pensé en lanzarme a ver otro drama, y de hecho, Innocent Men (KBS, 2012) y That Winter, The Wind Blows (SBS, 2013) estaban en mi lista de prioridades al ser directamente los trabajos anteriores de los actores principales de la serie que acababa de terminar. Sin embargo, fue precisamente ese factor lo que me hizo cambiar mi decisión: por experiencia propia he entendido que generalmente termino más embobada por la personalidad de un personaje que por el talento de un actor, así que verlo brillar en otro trabajo semejante se me dificulta durante un tiempo. Al final me decidí por ver Pinocchio (2015), que nada tiene que ver con lo anterior; pero antes de embarcarme en esa trama, decidí darle un visionado a A Werewolf Boy porque tenía una sinopsis interesante y el gusanillo de la curiosidad me carcomía por dentro; además, me apetecía ver a Song Joong Ki un poquito más allá de su uniforme militar.  

Lo cierto es que no esperaba nada de esta película precisamente porque no había escuchado nada de ella, así que, sin expectativas, no podía decepcionarme, y es precisamente eso lo que me hizo disfrutarla y llorarla de aquí hasta la esquina. Eso sí, el filme se mueve fácilmente entre la ficción y el cliché rebuscado de la experimentación humana, esa que se nos sale de las manos y que siempre crea a una majestuosa criatura que juega el papel de víctima y victimario de las circunstancias que como humanos barajamos a su alrededor. Pero la ficción del hombre bestia pasa a un segundo plano cuando la densa melancolía que se respira a lo largo de todo el film se compenetra muy bien en la historia y termina siendo el plato fuerte de todo el embrollo. Porque si Young Suni tenía que aprender algo no sería a través de los resplandecientes campos de un remoto poblado, ni en la montaña de libros que se apilaban en su habitación, sino en su interacción con éste misterioso joven oculto en el granero. Sin embargo, haré relucir mi vena egoísta y admitiré que me hubiera gustado que A Werewolf Boy se valiera más de las historias reales de niños salvajes que del mito de la licantropía, siendo ésta bastante más rebuscada que la de humanos criados por animales, por ejemplo (aunque no tanto como los vampiros o los zombies que acaparan el cine y la televisión hoy en día, pero tampoco muy lejos). De esa manera creo que el trasfondo habría alcanzado una profundidad mayor de la conseguida, ya que, quitándole el factor mítico, tendríamos un argumento más humano. Porque si nos ponemos a meditarlo un poco tampoco es que las *dos* transformaciones de Chul Soo haya tenido un impacto significativo en la historia más allá del puro espectáculo. La metamorfosis del chico parecía más enfocada a sus emociones que a las fases de la luna. Se puede ser peligroso sin ser una bestia y es posible matar a alguien con una mordida en la yugular sumergido en un ataque de furia; y ese comportamiento bien podría encajar con la historia de un niño criado por caninos salvajes y no necesariamente en un mutante. Ese escenario también habría conseguido explorar de una manera más profunda todas las dificultades que implica la reinserción a la sociedad de esos pequeños; las trabas de raciocinio-humano-elemental y lo errático de su comportamiento. Con el plus de entender que, enfocándonos de una manera estricta, las evidencias científicas generalmente no son favorables para ellos y su correcta adaptación a una comunidad termina por tornarse complicada, además de que los problemas mentales y físicos los sentencian a una vida muy corta y sufrida. No es el panorama más favorable para la película, pero sí más realista. Y si el objetivo de ésta era mostrarnos el vínculo tan fuerte que se formó entre Young Suni y Chul Soo para después cortar de un tajo esa relación debido a ciertas circunstancias, entonces el mito del hombre lobo se queda en mero hecho anecdótico. Sin trascendencia alguna.

Dejando eso de lado Song Joong Ki se lleva la película con amplísima diferencia. La acapara, la mejora, la hace interesante, la hace tierna e inocente y todo sin decir ni una sola palabra. De hecho, el chico no tendrá más de dos o tres diálogos en los 120 minutos de duración, y estos no dejan de ser cortitos y calcados. Ya en Descendientes del sol tocó percatarme de que éste actor expresa muchísimo con la mirada, y agregando un gesto aquí y un gesto allá consigue abarcar más sentimiento que cualquier diálogo que quieran encasquetar en el guión. En A Werewolf Boy no defrauda precisamente por esa habilidad de hablarnos sin decir nada. El simple hecho de escuchar el acorde de una melodía o tratar de entender una palabra, imitar un sonido o captar la esencia de un juego se torna entrañable y cautivador. Young Suni es quien nos sirve de guía para crear un puente de condescendencia ante las incapacidades de él. Es ella quien le enseña a comer, a marcar las pautas de movimiento y a discernir lo que está bien de lo que está mal. Es una tarea que, aunque complicada, Young Suni decide mirarlo como un reto, al principio personal, pero conforme la relación con Chul Soo crece, ella continua por mero cariño hacía él. Su terquedad y esa eterna desilusión que al parecer la acompaña hasta la vejez tampoco pasa desapercibida. Una parte de esa ranciedad perpetua que le carcome por dentro es culpa de Ji Tae, el presumido hijo del compañero de su padre fallecido, con el que al parecer tenía que casarse por mero acuerdo financiero, tal y como lo hacían en aquellos tiempos. Por un momento llegué a pensar que ella quizá decidiría empezar de cero después de abandonar aquella casona de campo y jamás plantarle cara a ningún hombre rico en la vida, pero después recordé que el comienzo del filme nos demuestra lo contrario y ella vive con un hombre rico, indiferente y seco en una lujosa casa de Estados Unidos; y un solo plano es capaz de mostrarnos ese imperioso conformismo que todo lo abarca. Es precisamente ese desolador conformismo del presente lo que le da mayor profundidad a la melancolía que evocamos en el pasado. Young Suni despierta en su memoria dormida el recuerdo a aquel misterioso chico con el que compartió una fracción de su vida; alguien que le enseñó sin proponérselo el valor de la lealtad y la firmeza, con la valentía y la ingenuidad como una carta de presentación sincera. Y ella, que no tenía amigos, se topó de lleno con la muda honestidad de un jóven que poseía más incógnitas que certezas, pero que también tenía la capacidad empírica de la empatía, el respeto y la fidelidad. No sólo le sirvió para reformar su amor propio, que era casi nulo, sino también para confiar más en sí misma en lo que jamás lo había hecho antes; de creer en ella a pesar de la enfermedad y de plantarse de pie ante adultos que parecían no percibir el gesto tierno de su devoción.

Evidentemente el objetivo de la película era arrasar con todas las fibras sensibles que le pasan a uno por el cuerpo; y conmigo lo consiguió. Y vaya que lo hizo, aunque quizá esta ola emocional fue provocada por el bajón mental que tenía en aquellos días, o el cansancio ocumulado de las semanas sin descanso, pero cumplió con su tarea de manera digna y como película de transición me gustó mucho. El OST tampoco es que brille demasiado, y de hecho el tema principal de la canción —cantando por Park Bo Young, la actriz protagonista— bien podría ser el único de toda la película, pero como es tan adorable les perdonamos hasta eso. La dirección es otra cosa, viendo el nuevo trailer de la película de Jo Sung Hee veo que tiene su sello impreso por todos lados al igual que A Werewolf Boy: un escenario exagerado del ambiente y sobrecargado de efectos en el paisaje, con una fogosidad constante y un aire de fantasía que lo captas hasta en la Luna. En verdad me gustó.

No tengo queja alguna con el final porque sinceramente ya me lo esperaba, sobre todo con ese inicio que nos recuerda que lo que vamos a ver en los minutos siguientes sólo será la memoria vívida de unos días pasados, y a juzgar por el rostro de Kim Suni ésta no tendrá un desenlace feliz. Podría ser más perversa y señalar que, para mí, el reencuentro de Kim Suni con Chul Soo en la vieja bodega fue sólo la imaginación sugestiva de ella, para obligar a su mente a despedirse propiamente de él sin sentir ese remordimiento de conciencia al saber que lo abandonó, lo golpeó y le gritó la última vez que se vieron. Sigue siendo una trágica posibilidad, pero ésta queda anulada si tomamos en cuenta que el último plano de la película es el de él mirando el coche pasar por la carretera. Aun así quedan algunas incógnitas (o incongruencias): ¿por qué el chico no envejece? ¿quién le enseñó a leer, a escribir y a dibujar tan bien? ¿de dónde consigue su ropa? Eso sólo consigue reafirmar mi idea de que Kim Suni creó un instante imaginario para pedirle perdón a Chul Soo por aquella amarga despedida, pero en realidad la última palabra la tiene el espectador: el final es tan abierto como uno quiera interpretarlo y la negativa de Kim Suni de vender la casa de campo queda como una incógnita suspendida en el aire, ¿no la vendió porque él vive ahí o por el sentimentalismo que despertaba en ella recordar aquellos momentos de su juventud al lado de aquel entrañable chico?  

NOTA ADICIONAL:
  • Lo de King 2 Heart se ha convertido ya en algo personal. Esta es la segunda vez que abandonó su visionado porque me está costando muchísimo seguirle el ritmo. No sé exactamente cuál es el problema: si es que acaso ha envejecido muy mal o es que mi estilo de drama se mueve por otras aguas. No voy a mentir al decir que ha habido momentos memorables en cada episodio, sobre todo el arco del entrenamiento en Corea del Norte, el simulacro de guerra y el maratón kilométrico que se tienen que zampar en pocas horas me han gustado mucho; pero no entiendo por qué, aun pasando varias cosas importantes, siento que no avanza nada. Quizá se deba en sí a que los protagonistas están en un dilema sentimental que parece caer en un bucle donde apenas se camina algo, y justo después de atestiguar ese avance retroceden otros pasos para entrar de nuevo en el punto anterior. O sea, no xD. Estoy empezando a resignarme que me tomará un buen tiempo terminar la serie (por puro orgullo, claro está) y ni siquiera sé si tendré alma para reseñarla. EDIT: KING 2 HEART ME HA FASCINADO Y AQUÍ ESTÁ LA RESEÑA BESTIAL QUE SE MERECE. ¡BRAVO!

1 ago. 2016

Serie: Stranger Things (Opinión breve sin spoilers)

Título: Stranger Things
Año: 2016
Género: Sobrenatural, Suspense, Drama
Episodios: 8
Cadena: Netflix
País: Estados Unidos de América
Trailer || Online: Netflix
Advertencias del Post: Es una opinión general y breve así que no habrá spoilers añadidos salvo el que está marcado.

Sinopsis: Se supone que en el poblado de Hawkins (Indiana) nunca sucede nada malo. Pero la noche del 16 de noviembre de 1983, el pequeño Will Bayers de 12 años desaparece misteriosamente después de pasar un rato jugando con sus amigos. A la par, un comerciante es encontrado muerto en su local horas después en que unos testigos afirman haber visto a una misteriosa niña merodeando por el comercio. Al poco tiempo una chica también se va sin dejar rastro y la situación se torna un tanto sospechosa cuando una organización del gobierno parece involucrada en todo eso y no está dispuesta a soltar información alguna. El sheriff del condado, la madre del niño, un par de jóvenes y los tres mejores amigos de Will comenzarán una trepidante misión para intentar dar con las respuestas que les son negadas por la autoridad.

Opinión Personal: Netflix ha creado una serie maravillosa. Después de haber botado Orange Is The New Black al quinto episodio —porque soy lerda y no me picó— y de la tremenda decepción que me dejó la primera temporada de Marco Polo (donde un personaje principal nunca me supo tan secundario) esta es la tercera ocasión en la que le doy una oportunidad a una serie exclusiva de la compañía. ¡Y no podría ser más fans, ¿eh?! Resume todos los sueños de mi infancia. Partamos del hecho de ser una serie cortísima que, para ser sincera, es uno de sus principales atributos. Además de mantener una trama única y lineal, sin tanto barullo de por medio y caminos absurdos entrelazados. Porque hablando con una honestidad brutal yo aun no supero la bofetada en la cara que recibí en enero cuando Chris Carter me dio seis episodios de The X-Files donde la mitad sólo apelaban a la nostalgia de sus mejores tiempos y la otra mitad destilaba una mediocridad grosera, al grado de que medio año después aún no me apetezca hablar de ellos. Stranger Things toma lo mejor de programas como este para traernos un producto único en su brevedad e icónico como una catedral. No sólo recurre a las herramientas que series más veteranas como The Twilight Zone, Twin Peaks o la misma The X-Files dejaron a su paso. Nos remonta también a los maravillosos años 80’s, con sus referencias, música y tendencias. Nos sumerge de lleno a la mente apabullante de autores como Stephen King o el mismo Lovecraft. A monstruos y mundos que parecen nacidos de la mente de Guillermo del Toro o una pandilla de niños nerds que facilmente podrían ser los de Spielberg en aquel mítico E.T El extraterrestre o Los Goonies, o más recientemente los de Super 8 de J.J. Abrams, otro prodigio del género. En el mundo de la conspiración, aquellos que saben ya habrán atinado a pensar en el Proyecto MK Ultra o el Proyecto Stargate ambos de la CIA (este último se enfocaba en la visión remota) o la leyenda del experimento Filadelfia que tanto eco sigue escuchándose en el presente. A esta creación de los hermanos Duffer no le di ni siquiera la oportunidad de un trailer o leer alguna sinopsis. Muy raro en mi. Pero también pensé que un producto tan breve no requeriría develar tanto su trama. Además, vivo en un mundo paralelo donde nunca había escuchado hablar sobre su producción, así que verla recomendada en el blog de Dikana o por medio de mi hermana me cayó por sorpresa. Y como a ellas les gustó, supuse ingenuamente que a mi también me gustaría. Mi idea no estaba equivocada.

Lo que también me ha maravillado a sido ver a Winona Ryder metida aquí —tengo lustros sin verla ni en TV ni en el cine— personificando a la desesperada madre de Will, con un gramo de cordura y dos kilos de inestabilidad emocional. Y ha sido toda una delicia. Tenía que existir un grado marcado de equilibrio para tener cierta condescendencia hacia ella y no tildarla de loca a la primera oportunidad que se nos presentara, tal y como lo hacían los habitantes de Hawkins, y eso ha sabido calcarlo a la perfección. A su vez, Jonathan, su hijo mayor también se esfuerza en que ella no pierda la cabeza por la situación tan desesperada que los envuelve, a pesar de ver cómo el panorama se torna un tanto pesimista conforme los episodios pasan y los contactos con el niño empiezan a mermar. Quizá la relación con el comisario, tan informal como confiable, le dio también la fortaleza de no sentirse sola en ese mar de incertidumbres, aun a expensas de estar a punto de destrozarse los nervios y de paso su propia casa. El jefe Jim Hooper también es un personaje de peso aquí (aunque los niños por mucho se lleven el protagónico de todo el show). Esa actitud tan desenfadada, con una cara perpetua de aburrimiento que refleja la monotonía del condado; ese típico pueblecito americano, aislado y civilizado, donde todos se conocen, todos se respetan y la gente se muere de enfermedad y no de accidentes misteriosos. La ausencia de su hija también le golpea los nervios y la moral, y quizá eso fue lo que le dio esa personalidad tan huraña que se le refleja hasta en el caminar. (A saber qué se trae entre manos porque para el último episodio no me quedó muy en claro el acuerdo al que llegó y sólo por eso se le podría sacar muchísimo jugo al argumento.)
[Este parrafo es el único spoiler de la trama] También tuvieron sus momentos de fama Nancy y Jonathan. Aunque me ha dejado un pelín decepcionada que no terminaran juntos y ella continuara con el petardo de Steeve, que vale, sí; su actitud mejoró, y al final lo vemos muy persignado al lado de ella, pero también es verdad que cambió muy pronto. No estoy dudando de su veracidad, y de la noble voluntad de sus acciones, pero me debieron una explicación mejor a ese golpe de madurez que de repente le cae encima como si un ángel le viera asaeteado con las flechas de la generosidad. Y Jonathan aprendió más de valentía en esos últimos tres episodios que en toda su vida, de eso no hay duda. Está de más decir que ellos apuntaban a ser el triángulo amoroso del show pero, si acaso hay una segunda temporada, esto de un Steeve bueno, complica el asunto un poco más ¿no?. [Fin del spoiler]
Y como dije antes, los niños son los verdaderos protagonistas de esta obra. Se roban el show con una maestría envidiable y te mantienen pegados a la pantalla porque son precisamente ellos los encargados de teletransportarte a los icónicos 80’s y el sentimentalismo que te ahoga a través de la pantalla. Las referencias son exquisitas, y el hecho de que sean unos geeks de pura sepa, sólo le añade mil puntos más a sus personalidades. Niños raros, hostigados en sus escuela, amantes de la tecnología y la ciencia y con una imaginación y una nobleza envidiables. Mike podrá ser el anfitrión en sus veladas de Dungeons & Dragons, pero Lucas es la voz del escepticismo y Dustin el de la lógica. Quizá Will se inclinaba más por la bondad. Un puesto difícil de llenar una vez que él desaparece. Eleven entra para romper con el paradigma y la armonía grupal, y de paso para poner de cabeza la cordura de los tres chicos que quedan. Huyendo de las instalaciones donde experimentaban con ella desde que era muy pequeña es lógico entender que apenas tuvo tiempo de crear un vínculo fuertes con los chicos, que tuvo sus momentos bajos, pero que le sirvieron para entender la condición y la actitud humana de una manera que en los fríos cuartos de experimentación jamás le enseñaron.

Stranger Things juega muchísimo con la incógnita y el suspense, deja preguntas al aire difíciles de resolver sin más material para analizar, sin embargo es una serie circular. Con un principio marcado y un final congruente (aunque los cabos sueltos sigan ahí) y esa brevedad la hace irresistible. Aún no sé si me apetece ver una segunda temporada de una serie que ya es perfecta así, como nació, porque por experiencia propia sé que esa perfección tiende a desinflarse con el paso de las temporadas y la creación de nuevas tramas que se complican a la vez que dejan más preguntas que terminan sin explicación (otra pedrada para Carter, por supuesto). Le pasa hasta a los mejores creadores. Pero en la industria del entretenimiento dejar pasar tantos aplausos de la crítica y los televidentes y terminar el proyecto en una única temporada sería una pérdida monetaria importante y ellos no están para desperdiciar tantos dolares ¿verdad? Así que la serie se renovará, sin lugar a dudas. Mientras esto sucede, y el sabor dulce aún me queda en la boca, cruzaré los dedos para que Stranger Things se mantenga tan brillante y soberbia en esa pequeña burbuja que le rodea. En ese mundo ideal donde es capaz de restaurar un poquito la fe en la televisión de calidad, mientras le rinde un noble homenaje a los trabajos clásicos que le antecedieron.