10 sept. 2011

"Ella se marchó y dejó olvidado un cuerpo dormido..."

Brandon y tía "Queta" (1995).
"Cuando todo oscurezca (...) —habla ella—, 
cuando la tarde naranja desenrede la madeja, 
cuando mi cuerpo tirite y tenga lista la maleta 
has de disponer que abran las ventanas 
y me dejen marchar, que la noche no duela. 
 Me despedirás y arderé en una estrella. 
 Y celebrarás este pequeño milagro."  
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Me gustaría creer que mi tía no sabía que hoy, cuando nos entregaron sus cenizas, era también el Día Internacional para la Prevención del Suicidio. Quiero pensar que no fue tan metódica en ese aspecto. 

Mi tía abuela siempre fue una mujer de carácter fuerte y quizá demasiado estricta. Nosotros (mis primos, hermanos y yo) la respetábamos, incluso me atrevería a decir que le temíamos. No podíamos justificar ese miedo bajo ningún argumento o experiencia más allá del que provenía de nuestros padres o tíos, pues en el fondo fueron ellos los que convivieron más con ella. Nosotros sólo la veíamos en ocasiones especiales como fiestas, navidades o funerales. 

Eso sí, hubo un antes y un después de aquella Navidad que llegó con bolsas de dulces y chocolates y los repartió entre todos sus sobrinos-nietos. Ese día nos compró el amor y más; supimos que si era capaz de regalarnos tantas golosinas no podía ser tan mala como nosotros la habíamos imaginado cuando éramos más pequeños. Y efectivamente no lo era. Siempre platicó con nosotros de una manera amable y alegre, siempre afectiva y bromista. Las poquísimas veces que la vimos siempre fue servicial y atenta. 

Por otro lado, existen cosas que se escapan a nuestra imaginación, que nos resultan difícil de aceptar que puedan ocurrir en la familia. Sabemos que son, hasta cierto punto, comunes a una escala global, pero ingenuamente pensamos que nunca nos tocará vivirlas. Cuando supimos que mi tío tenía SIDA fue un golpe demasiado duro como para saber qué nos dolió más: el diagnostico, su muerte o su silencio. Mirando en retrospectiva, a casi una década de aquella tragedia, como miembro de la misma familia, uno jamás dejará de preguntarse ¿pudimos hacer algo más y no lo hicimos? ¿Acaso no vimos cómo su personalidad cambió radicalmente meses antes de morir; cómo su salud se deterioró tanto? Ahora todo resulta demasiado claro, pero en aquel entonces los síntomas físicos y mentales (como la pérdida de peso o la depresión) no los notamos, o no los quisimos notar. Una semana después de su diagnostico mi tío murió, no hubo demasiado tiempo para asimilar su muerte, sobre todo cuando los médicos insistían en que mejoraría, y nosotros les queríamos creer. 

Quizá la única similitud entre mi tía abuela y mi tío era —además del carácter— una férrea necesidad de distanciamiento entre quienes les rodeaban. Crearon una barrera entre ellos y su familia y amigos que raramente era penetrada, ambos murieron siendo solteros, sin hijos, pero no fue la soledad lo que los llevó a la tumba. No hubo alguien lo suficientemente cercano que fuera capaz de ganarse la confianza como para que ellos confesaran aquello que les perturbaba. Ninguno de los dos vivía solo y aun así, esos indicios clásicos de depresión pocos fueron capaces de notarlos. El resultado en ambos casos, aunque por situaciones diferentes, fue el mismo: la muerte. La gran diferencia radica en que él murió muy joven a consecuencia de las complicaciones que trae consigo el SIDA y ella por voluntad propia. 

Mi tía abuela fue una de las mujeres más fuertes que he conocido en mi vida, esa fue la imagen que siempre reflejó hacía mí. Me atrevería a decir que no le temía a la muerte. Era una de las pocas personas que siempre estuvo de pie frente a la cama del moribundo —estuvo allí cuando mi tío murió—. Apuesto a que hubiera sido capaz de mirar a la muerte a la cara y ponerse al tú por tú con ella sin inmutarse ni un momento. De todas las personas que conozco, familiares o amigos, para mí ella era la última persona que podría recurrir al suicido como una válvula de escape a una vida que la estaba ahogando, o bien, aburriendo. Me resulta difícil de asimilarlo, no porque la hubiera conocido a profundidad, sino precisamente porque no lo hice, por que jamás creí saber demasiado de ella; y porque la fachada que proyecto hacía mí distaba mucho de la de una persona posiblemente suicida. 

La pregunta más recurrente en estos casos siempre es la misma ¿Por qué se suicido? Uno suele pensar que fue porque tenía un problema de salud o problemas financieros, sobre todo porque al tener ella 70 años de vida resulta difícil pensar en otra cosa. Pero los estudios médicos reflejaban una realidad más dura: no había una enfermedad mortal en su organismo, nada que no pudiera ser tratado con medicamentos. No tenía problemas financieros. ¿Mentales? Tal vez, es bastante posible que sí, pero quienes convivieron con ella por más de 30 años siempre creyeron que eran parte de esa personalidad que siempre tuvo. Si hubo síntomas básicos de una enfermad mental ellos, en su momento, no lo notaron. Pero, al igual que sucedió con mi tío, mirando con detenimiento ahora que ya no está, es más fácil sacar conclusiones, y hasta cierto punto, entender el motivo de su decisión. Síntomas típicos de una enfermedad mental pueden ser perfectamente confundidos con las características del suicida cuando éste tiene una fuerte personalidad. Ese quizá fue el caso de mi tía. 

Kleo y Mickey.
Aun así nos resulta extraño comprender desde nuestra normalidad cómo ella tuvo tanta sangre fría para planear con tiempo su muerte, escribir cartas, dejar notas, tapar ventanas. Y además, quizá lo más doloroso de asimilar, cómo tuvo el valor para llevarse consigo a los niños (los perritos). En ese momento mil preguntas pasan por la mente de uno. No solamente el hecho de que ella se diera muerte de una manera tan fuerte, sino que antes de ese acto tan atroz fuera capaz de quitarles la vida a otros dos seres vivos a los que —al parecer— quería demasiado. Es inevitable pensar en otro panorama, ¿lo habría hecho igual si esos perritos hubieran sido humanos? 

Desde aquí no queda más que resignarnos al panorama, pensando las razones que la orillaron a actuar como lo hizo. La certeza final nunca la sabremos, los motivos tampoco. Todo queda en meras especulaciones que quizá sirvan a la larga a curar las heridas que aun no sanan. Mientras esa resignación se hace permanente nos queda el recuerdo de lo que ella fue. Vale la pena recordarla pues a lo largo de su vida nos dejó grandes enseñanzas. Vale la pena saber cómo fue en vida, con sus defectos y virtudes, porque de esa manera seremos capaces de comprenderla. 

Mientras tanto, esperemos que la muerte le haya dado la paz que la vida no le dio. 

Que en paz descansen Tía “Queta”, Mickey y Kleo.

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