12 ene. 2013

La costumbre de cantarle al mar...

El viejo y el mar. (Mazatlán, Sinaloa, México)

—Le estoy cantando al mar —se justificó el anciano apenas me acerqué al malecón. 

Imagino que cantar solo, con una guitarra, encierra un grado de locura que no cualquier humano puede entender. "Locura senil" diagnosticarían las personas que pasaran a su lado. Quizá al verme con una cámara en la mano el hombre sintió la necesidad humana de la justificación: "No estoy loco, ¿lo ves? le estoy candando al mar". Cuando le cantas a algo (o alguien) aquello se transforma en algo idílico, sublime. Virtuoso. Cantarle al mar adquiere un tinte místico y romántico. Aquel anciano canoso de piel curtida y voz melancólica abrazaba su guitarra como sólo los mejores juglares lo harían. La afinaba con cariño, tocaba un poco, la volvía afinar, cantaba un estribillo misterioso, una estrofa indecisa entre una dicción apagada; y el mar, en respuesta, escupía las olas más inocuas del mundo. 

—Yo estoy viendo las gaviotas —le mentí; en realidad lo estaba viendo a él.

El viejo quitó su mirada del mar, me miró un momento —una eternidad—, dió un suspiro tierno y sonrió.

—No eres de aquí ¿verdad? 

Lancé un disparo con la cámara a la nada. Una gaviota fantasma quedó inmortaliza en pixeles irreales, tan falsos como ella; entre el océano Pacífico y una isla mazatleca. 

—¿Cómo lo sabe?

—Estás mirando las gaviotas —pronunció riendo con una melancolía tan densa que llegaba hasta la playa—. En Mazatlán ya no miramos las gaviotas. Es más, hay veces que nos despertamos y nos olvidamos mirar al mar. Es decir, lo vemos, pero no nos damos cuenta que está aquí; que está vivo. Lo vemos como una cosa. 

—Es la costumbre —le dije sonriendo.

—Exacto, la costumbre —repitió el anciano—. La costumbre mata muchas cosas maravillosas. Acaba con lo extraordinario de las cosas ordinarias. Ése es su trabajo; el trabajo más triste del mundo. 

—Soy de Escuinapa —señalé—. En Escuinapa hay mar, pero no tan cerquita como para acostumbrarnos tanto.

—Ja, qué privilegio. Yo le canto al mar pa' que sepa que alguien se acuerda de él. Luego se amula y avienta olas gigantescas. Ya ves lo de Indonesia, lo de Chile, ¿y quién sigue? Yo me levanto todos los días y le canto una canción esperando que el próximo que venga no sea pa' Mazatlán. Nos jodería la vida, en general y entonces sí lo veríamos. Al mar. Yo no sería como un semáforo o como una pulmonía, no sería un objeto, sino un ser. Apenas así apreciaríamos la tranquilidad que tiene estos días ¿no?

—Me imagino que sí. 

—La verdad no quiero cantarle mucho ¿sabes?; capaz que se acostumbra y un día de estos igual nos lanza la ola gigantesca que tanto temo —soltó una risotada contagiosa—. Ya me imagino mi guitarra y yo flotando entre los taxis y las palmeras.

—No pasará —me atreví a sentenciar sabiendo que era una mentira. Tarde o temprano pasará. En un año o en mil quinientos, ¿acaso importa?

El rostro del anciano volvió adquirir una languidez de mil leguas que ni cien canciones podrían narrar.

—La costumbre muchas veces no es buena; las personas deben de entenderlo. ¿Cuántos antes que yo se murieron soñando con ver el mar? Muchos. Muchísimos.

Hablamos un rato más sobre temas que otros tildarían de absurdos y locos; humanos cuerdos que nunca entenderían la locura de las cosas bellas y la sencillez de la gente buena. Nos despedimos ahí mismo; yo con mi cámara y él con su guitarra. Mil batallas pudimos haber ganado con esas armas. "Qué te vaya bien, niña, nunca te acostumbres a los tamales barbones de Escuinapa... o todas las guerras estarán perdidas".

Ni yo, ni él; ni la costumbre (ni los periódicos, ni los profetas, ni los videntes, ni los señores del tiempo), imaginábamos remotamente que, menos de 20 días después, aquella 'siguiente ola' era para las costas de Japón y no para nosotros. Miramos el mar por unos días, medimos sus olas y durante un tiempo nos preocupó que tardaran más de lo normal en regresar a la costa. Hubo noches en las que me pregunté qué nana había cantado aquel anciano para aplacar las pesadillas del mar, ¿cuántas elegías brotaron de su boca a los pies del malecón por la gente muerta? No lo sé. Quizá jamás lo sepa con certeza. Tampoco es que lo quiera saber. 

Hoy hemos vuelto a mirar el mar con la misma pesadez de siempre. 

La costumbre, diría él.

Cuánto extrañarán los habitantes de Linfen el azul del cielo o el color del sol; sentir el aire puro entrando a sus pulmones, pasarse el paño por la cara sin sentir la suciedad adherida a la piel... Pero ¿cómo podrían extrañarlo si nunca  lo han sentido? Pienso esto mientras miro el cielo de mi ciudad con tonos grises y perezosos por culpa de las nubes cargadas de agua; el pronóstico del clima me advierte que lloverá. Falla más veces que la difunta Giovannita, pero sonrío al ver las gotillas falsas dibujadas en el recuadro asignado para el día de hoy. "Lloverá en mi mente si no llueve en el mundo real... pero lloverá" repito en silencio. Nos cansamos de ver unas cosas para imaginar que algún día seremos capaces de ver otras y sorprendernos. 

La costumbre también juega muy malas pasadas. Me había acostumbrado a ver la fotografía de este anciano y su guitarra y su mar en mi carpeta de Imágenes y juré en nombre de todos los dioses griegos y sus hijos que ya les había platicado esta anécdota, pero he buscado y buscado por el blog y no está ahí. La soñé. La inventé. Pero jamás existió; hasta hoy. Aquí está, ahí la tienen, junto a la costumbre de ver tantas fotos de otras experiencias que probablemente ya imaginé que se las conté y aun no han brotado de mi mente. Tal vez, si la costumbre me lo permite, algún día se las contaré todas. 
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La crónica de este viaje ya está escrita anteriormente aquí.
De éste mismo viaje nació el post «Mi isla de resistencia mientras las revoluciones estallan». Y de la tragedia en Japón hice este pequeñísimo proyecto «Mil grullas de papel para Japón».

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