19 jun. 2013

Elementary, my dear Castle...

Castle, ABC (©JacksCabin).

He estado viendo Castle, la serie estadounidense de la ABC que retrata la vida del escritor de bestsellers Richard Castle y sus atípicas aventuras como consultor para la policía de Nueva York al lado de la detective Kate Beckett (su inspiración para su nueva serie de libros) y su equipo. Mi ausencia en las redes sociales es por culpa de esta serie... Bueno, eso y el trabajo, pero qué más da. Es la clase de programa que sabía que me gustaría desde el primer episodio y no me equivoqué. Mi hermana me habló de Castle un par de años atrás, durante el funeral de un familiar. No me pregunten cómo terminamos hablando de eso entre panes y café y flores y rezos por los santos difuntos pero sucedió, y dentro de la amargura del momento aquello resulto extrañamente agradable.

Me ha parecido fascinante ver a James Patterson y Michael Connelly jugando póker con un escritor ficticio cuando desde hace años descansan sus novelas en mi librero. Aquello hace, a su modo, falsamente real al personaje y le añade diversión, sobre todo porque las novelas de este último existen. Puedes ir ahí afuera, a una librería, y encontrarlas. Adoro cuando una serie de TV hace eso: materializar en la vida real a un ser inexistente. Jugar con el espectador. Pretender que algo absurdo pueda ser real. Sembrar la duda. ¿Quién está detrás de aquellas novelas con la firma de Richard Castle? No lo sé, pero tampoco me extrañaría que fuera el mismo Patterson o Connelly. O tal vez sea Cannell o Lehane. Quizá sólo basta dar una ojeada a la web de la serie para dar con la respuesta que necesito; pero no lo haré. Prefiero seguir creyendo la mentira. Pretender que existe. Que él y su musa recorren las calles oscuras de Nueva York cazando criminales; deteniendo balas y guerras mundiales. A veces con seriedad; muchas veces con humor. Cada uno con sus armas: ella con su pistola, él con su libreta de apuntes. Con sus chalecos antibalas de policía y escritor.

Close Encounters Of The Murderous Kind (03x09).

Un día, en un episodio de la tercera temporada hicieron un tierno homenaje a The X-Files (Rob Bowman, sé que estás ahí afuera) y se me derritió el corazón. Me pasé 43 minutos de mi vida recordando conspiraciones gubernamentales, supuestos raptos alienígenas, música de misterio entre escena y escena, minutos perdidos y hombres de negro. Un flashback precioso de una vida lejana y pasada. Ella escéptica, él creyente. Todo ahí metido, en un solo episodio, ¿cómo podría no amar eso? Sí, a Los Expedientes X los quiero mucho. Y si pudiera mencionar una sola serie que haya marcado toda mi infancia y adolescencia fue esta. Navegar por los embravecidos mares de un ciberespacio apenas en formación, siempre resultó más agradable con este programa y nunca nadie podría quitarle el cuadro de honor que tengo enmarcado en mi memoria. Así que, amén.

Ya que estamos en este asunto hablemos de Elementary. Quizá me sirva para cerrar el círculo que comenzó con este post y continuó con éste otro.

Elementary, CBS.
Elementary es un buen programa de televisión —está lejos de ser malo—, pero el principal problema que encontré fue el hecho de no ser capaz de encontrar a Sherlock Holmes en sus episodios. Algo falla (y no sé si fallo yo como espectadora o ellos como creadores) cuando adaptan libremente un clásico de la literatura y resulta imposible saber qué cosa fue lo que adaptaron para transformarla en algo extrañamente irreconocible.

Las referencias al canon holmesiano están ahí, es verdad, hasta un ciego las vería, pero cambian otros tantos aspectos que tales referencias pasan a segundo de plano y carecen de importancia. Mirándolo de una forma global Elementary guarda más referencias a cualquier procedimental detectivesco o policial que a las obras de Conan Doyle; es decir, se valieron de las historias del escritor inglés para ofrecernos una fórmula ya vista anteriormente. Eso no es necesariamente malo ¿vale? Pero lo han reinventado todo para hacerlo poco reconocible más allá de los nombres: Holmes está ahí pero es adicto en rehabilitación, Watson está ahí pero es mujer, la señora Hudson está ahí pero es un transgénero, Gregson está ahí pero es un policía de Nueva York, e incluso se convierte en la figura más paternal que alguna vez ha conocido Sherlock (más que su padre). Existe también un tal M. Holmes, padre del protagonista, que seguramente llevará por nombre Mycroft. Y también está Irene Adler… y Moriarty. El show grita por todos los poros Made in USA y no lo culpo; para mí está bien, pero realmente no sé si continuaré viendo la segunda temporada.

Reconozco que la primera temporada la vi sólo por morbo; sólo para ver cómo encajaban en suelo estadounidense algo que brillaba por sí solo en la Europa británica. No era lo que me esperaba (no vi nada nuevo) pero Jonny Lee Miller y Lucy Liu hicieron su trabajo y lo hicieron bien, eso se agradece profundamente. Aun así, siento a los personajes lejanos, aunque viven en la misma casa y comparten las mismas cosas. No es culpa de los actores, y quizá esa es la intención de los creadores, pero siento que hay una barrera inmensa entre ambos que resulta imposible mirar que hay detrás de cada uno; no sólo en el hecho de que uno descubra el pasado que esconde el otro sino que ni siquiera el espectador tiene la posibilidad de ver ese trasfondo. Vamos, lo que quiero decir es que tanto Sherlock Holmes y Joan Watson, después de 24 episodios, me resultan unos completos desconocidos.

Quizá el mayor cambio que se puede apreciar de Elementary a las novelas de Doyle sea el hecho de tomar dos aspectos mínimos de las historias de Holmes para convertirlos en algo importante, aspectos sin los cuales la serie no existiría y carecería de sentido: Irene Adler y la adicción de Sherlock a la cocaína.

La fama de Irene Adler es apabullante, en la literatura apareció sólo en una historia corta llamada Escándalo en Bohemia y el hecho de que fuera tan inteligente como Holmes hizo que éste la terminara admirando. La introducción que nos da John Watson de este caso en particular nos sirve para admirar aún más a un personaje, tan misterioso como el mismo detective: “Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le he oído hablar de ella aplicándole otro nombre. Para él, ella eclipsa y domina a todo su sexo. No es que haya sentido por Irene Adler nada que se parezca al amor. Su inteligencia fría, llena de precisión, pero admirablemente equilibrada, era en extremo opuesta a cualquier clase de emociones. Yo le considero como la máquina de razonar y de observar más perfecta que ha conocido el mundo; pero como enamorado, no habría sabido estar en su papel. Si alguna vez hablaba de los sentimientos más tiernos, lo hacía con mofa y sarcasmo. Admirables como tema para el observador, excelentes para descorrer el velo de los móviles y de los actos de las personas. Pero el hombre entrenado en el razonar que admitiese intrusiones semejantes en su temperamento delicado y finamente ajustado, daría con ello entrada a un factor perturbador, capaz de arrojar la duda sobre todos los resultados de su actividad mental. Ni el echar arenilla en un instrumento de gran sensibilidad, ni una hendidura en uno de sus cristales de gran aumento, serían más perturbadores que una emoción fuerte en un temperamento como el suyo. Pero con todo eso, no existía para él más que una sola mujer, y ésta era la que se llamó Irene Adler, de memoria sospechosa y discutible”. En la edición que yo tengo de Las Aventuras de Sherlock Holmes Escándalo en Bohemia ocupa únicamente 23 páginas. Es la única historia en la que Adler aparece, después se esfuma y ya no se sabe nada de ella. Y no existe, quizá, otro párrafo donde el doctor Watson logre abarcar tanto de la personalidad de Holmes como lo hace con el que nos introduce a este caso. Probablemente es esta misma razón lo que convierte a Irene Adler en un personaje tan apreciado. Está ahí en el teatro, está ahí en la televisión, está ahí en cada adaptación; como un fantasma que regresa una y otra vez para materializarse frente al protagonista, para terminar la historia que Doyle decidió jamás inventar.

En Elementary, Irene Adler no es sólo la mujer sino algo más y adquiere un protagonismo que, todo hay que decirlo, no se había dado antes. Además, es precisamente ella quien hace caer a Sherlock Holmes en su adicción. Si Doyle levantara la cabeza…

El Sherlock Holmes de Elementary es frágil. Inteligente, audaz, deductivo, pero frágil. Cegado por una muerte que no pudo comprender en su totalidad. Elementary nos muestra a un Holmes que deja de deducir por amor (porque eso de creerse que Irene Adler fue asesinada sin ver un cuerpo que lo corrobore ha sido para mí una decepción). Alguien por ahí dirá que esos pequeños errores lo hacen más humano, y quizá sí lo hacen más humano, pero no lo hacen más Holmes. Si hay algo que, personalmente, me atrae del personaje de Conan Doyle es precisamente lo raro que resulta comparado con los demás. Es un extraño, un ser distante, diferente a otros en muchos aspectos, entre ellos la inteligencia e incluso la elegancia. El Holmes británico que resuelve casos en Nueva York es desenfadado e impulsivo, cegado por un deseo de venganza que se le va de las manos cuando Moriarty aparece en una frase, en una palabra, en una llamada telefónica pero cuando el telón cae y el verdadero personaje de Moriarty se presenta él toma casi el rol de sumisión. Una resignación amarga que aún no termino muy bien de comprender.

El verdadero Sherlock Holmes es mucho más fuerte que eso, sabe hasta qué punto la cocaína forma parte de su vida (referencias ínfimas en el canon), sabe que la venganza nada bueno lleva consigo, sabe cuándo parar o dar paso a la duda. Aquí no sucede eso.

Punto y aparte, me gustaría agregar que las actividades de los creadores de Elementary en las redes sociales son admirables, sobre todo en Twitter. Es estupendo saber que los escritores de la serie tienen su propia cuenta y cada semana sin falta ahí estaban a la misma hora que la serie era trasmitida para lanzar pequeños datos o resolver duda de los fans del episodio en cuestión. No cualquier serie tiene ese detalle. A los fans y a los espectadores les fascinan esa clase de atenciones y sirven para tener un contacto mucho más directo con el público. Y por ese lado tienen todos mis respetos.

Y ya para concluir: El Holmes de la CBS guarda más parecido a Gregory House (House M.D.) o al doctor Daniel Pierce (Perception) pero no tanto al personaje de Conan Doyle. Algo de humor tampoco les vendría mal ¿eh? No miento cuando digo que he escuchado más humor británico en un solo episodio de The Mentalist que en una temporada entera de Elementary, y eso que ahí no tienen a ningún inglés como protagonista. Sigo manteniendo la idea de que éste moderno Sherlock Holmes podría llamarse X y Joan Watson Y, y no por eso dejaría de ser un buen programa. Existen muchos shows que juegan muy bien con esta fórmula y de vez en cuando, incluso, alguien bromea con el nombre del detective, lo sacan a relucir cuando alguien se siente demasiado inteligente, demasiado deductivo, demasiado sagaz, y en Elementary eso también funcionaría: un hombre y una mujer en la vida moderna que ayudan como consultores a la policía de Nueva York y resuelven crímenes. Como Holmes y Watson en la época victoriana pero con diferentes nombres y teléfonos celulares. Un archienemigo por las calles de la gran manzana. Él, un ex adicto con una inteligencia extraordinaria, ella una doctora que busca su propia redención. No necesariamente se tendrían que llamar Sherlock y Joan, podrían ser cualquier nombre e incluso cualquier apellido y la serie funcionaria porque, la verdad, lo último que en Elementary importa son las referencias a las historias de Sherlock Holmes

La serie podría brillar por sí sola si la sombra de Conan Doyle no fuera tan grande y sus estándares tan altos. 

10 jun. 2013

Verano, si gustas puedes pasar de largo.

Rosario, Sinaloa.
Para que yo pueda escribir necesito que el mundo guarde silencio. Necesito hacer un pacto con el tiempo, pedirle una tregua al verano y una bebida bonita a la nevera. No es sencillo, es todo un proceso y es nefasto. Admiro a las personas que pueden sentarse frente a un ordenador y teclear, así sin más, sin sacar manuales de textos y sirenas asesinas de los mares. Yo no puedo. Paso minutos enteros mirando la hoja en blanco del ordenador y la maldigo mil veces antes de resignarme a que nada podré plasmar. En otra ocasión será, pienso. Y apago el ordenador y me olvido del mundo, y de sus guerras y de sus letras. 

“No es verano, Linda. Todavía no es verano” me corregiría mi hermano si le dijera cuánto detesto ésta época del año. Y yo sólo soy blogger. Una persona que plasma en su bitácora pública —y extrañamente personal— las experiencias que hace de su vida, vulgarmente asocial, algo interesante.

Hoy se cumple un mes desde la última vez que actualicé. Sacudo el polvo del teclado, el antivirus me dice que tengo que actualizarlo antes de que caduque en 15 días y así evitar quede a merced de piratas cibernéticos y virus que asesinan computadoras. Repaso el calendario, me pierdo en sus días, abro Microsoft Word y miro otra vez la hoja en blanco. Un mes haciendo lo mismo. Un mes sin que salga nada. Voy a la cocina, relleno el vaso por ¿vigésima vez en el día? Y miro la ventana polvosa por donde se cuela el aíre escuinapense que me recuerda que vivo en el reino de los camarones, el húmedo calor, y las bicicletas. Otro día será, vuelvo a pensar, mientras cierro el procesador de texto como todos los días que antecedieron a este.

Lo cierto es que Umi, Maru y yo extrañamos los días naranjas de otoño y sus hojas muertas a los pies de los árboles que las vieron nacer. Extrañamos las neblinas de invierno y el chocolate caliente en las mañanas más frías de la ciudad. En ésta época del año los pajaritos se inventan tonadas primaverales y las mujeres con sus paraguas maldicen el sudor que les resbala por la frente (las mismas mujeres que en invierno maldecirán el frío que les cala hasta los huesos) y a mí todo me sabe feo. Excepto el agua, el agua me sabe a gloria.

Umi, mi perrita, me mira con su carita asoleada y su lengua de fuera. Tiene 10 años humanos a sus espaldas y mil aventuras pasadas. Podrías leer su biografía y su bondad si la miraras una sola vez a los ojos. Es transparente, inocente y cariñosa. Ladrará mucho (pero no muerde) y sonríe con su cola cuando ve a alguien conocido. Aun en la primavera más calurosa siempre tiene un lengüetazo para el mejor postor. A Maru esta temporada de calor le ha pegado duro, no lo quiere reconocer pero lo conozco desde bebé, se queja de todo y de todos. Es muy difícil descifrar un gato, entender en sus gestos un sentimiento determinado es como encontrar una aguja en un pajar. Es difícil pero es posible. Maru toma sus baños de sol en la sobra, cuando el sol toca alguna parte de su cuerpo retrocede hasta quedar lejos de la estrella asesina que tenemos como fuente de calor. “Algún día se apagará, Maru. Algún día esa bola blanca inmensa dejará de existir” le digo, mientras él mira al cielo buscando al culpable de nuestras quejas.

Si mi casa fuera más alta, si tuviera un lugar en el cuál subirme y ver los atardeceres primaverales y veraniegos quizá no estaría tan huraña esta época del año. Si tuviera una casa a la orilla del mar probablemente tampoco me quejaría mucho. Tomaría un libro y repasarías sus hojas cada tarde hasta que el sol se ubicara en el horizonte y me regalara uno de esos ocasos que se quedan grabados en la retina de los ojos, pero no se puede tener todo en la vida. Desde aquí sólo veo una barda gigante en el patio trasero, rodeado por otras bardas gigantes, feas y grises, mientras los árboles de mango me dicen que no me regalarán ningún de sus frutos esta temporada. Pero quizá sea mejor así, tal vez si viera atardeceres hermosos todos los días terminaría por acostumbrarme a ellos. Y me aburriría observándolos, perdería la magia, el estilo y su pureza.

Una vez un anciano me dijo a la orilla del mar que la costumbre mata muchas cosas buenas. Mejor me quedo aquí, frente a la computadora, con el procesador de textos abierto, el vaso de agua fría medio lleno, rogando que sean las 10 de la noche para encender el aire acondicionado y la idea tonta de plasmar algo decente, porque si existe algo más triste que no escribir nada es el hecho de no intentarlo. Y mi blog se ve triste cuando no le hago caso; cuando queda desierto por tanto tiempo y me olvido que no se trata de escribir grandes cosas, que no es un concurso, ni un trabajo, ni una obligación sino un espacio donde las cosas se vierten por sí solas. No son obras de arte, son sencillos escritos de una chica de 25 años. Nada extraordinario ni artístico. Sólo una experiencia rutinaria.