3 jul. 2013

¿Quién pintó las nubes hoy?

Mami, ¿quién pintó las nubes hoy? Por desgracia me perdí la respuesta que la madre le dio al niño. Ambos pasaron por la banqueta del comercio donde trabajaba y siguieron su camino rumbo al sur. De aquel momento ya han pasado —mínimo— cuatro meses, pero ese niño jamás sabrá que el cielo ya no es el mismo desde que formuló aquella pregunta. Ahora es más puro, más artístico, más infantil… quizá más limpio. Le tomé una fotografía a aquellas nubes para inmortalizarlas; para preguntarle a alguien, algún día, quién las habrá pintado.

Imaginen por un momento que el cielo de cada día del año es el lienzo que se le entrega a un artista determinado. Vivo o muerto, poco importa, lo que importa es el arte. Cada día un artista distinto sería el encargado de pintarnos un amanecer, un atardecer y un anochecer. Quizá una pintura para cada país y así la diversidad explotaría por sí sola. Una multitud de obras maestras y efímeras que se desvanecerían al caer el ocaso y que resurgirían de las cenizas al amanecer pero con rostro distinto y mano maestra renovada. “Hoy amanecimos con un Van Gogh en el cielo” diría el pronóstico del noticiero matutino mientras Vincent sonreiría desde el tiempo y el espacio, satisfecho. Habría un Guernica en Kabul y otro más en Siria y Picasso contemplaría su obra con tristeza y melancolía, porque él sabría que aun con mil guernicas sobre la tierra, después de tantos años de aquel fatídico bombardeo, seguiríamos sin entender la sinrazón de las armas. ¿Cuántas lágrimas de sangre pintaría Frida Kahlo sobre los cielos mexicanos? Un Caravaggio adornaría las hectáreas vaticanas. El Greco pintaría nubes de esperanza sobre los atardeceres de Atenas y el Partenón brillaría con una luz más especial que la de sus mejores años. Edvard Munch crearía cientos de gritos en decenas de zonas ceros y sus ecos se escucharían por los cuatro puntos cardinales mientras evocarían los lamentos lejanos que teñirían, otra de vez, de naranja el cielo. Habría surrealismo, cubismo, barroco. Habría cielos góticos, atardeceres bizantinos. Días islámicos y medievales; renacentistas y surrealistas. Noches persas. Amaneceres románicos. Sería un mundo distinto; y entonces aprenderíamos a observar el cielo, no para imaginar si lloverá o no, sino para ver arte ahí arriba, sobre la bóveda celeste, mientras abajo continuamos con una rutina que duele. Saldríamos a la calle para ver con qué museo nos encontraremos hoy, con qué artista saldremos a pasear, con qué obra nos piensa enamorar; de qué forma la podremos descifrar. Nos ayudaría a apreciar un poco más el día, y los veranos quizá sabrían distintos. ¿A qué pintor le gustaría regar los geranios de la casa vecina? ¿A cuál le encantaría desatar una tempestad? ¿Quién limpiaría con una ráfaga de viento la plaza de la ciudad? Serían pinceles históricos sobre lienzos rotos en un mundo imperfecto que le encanta mirar pero hace tiempo olvidó cómo observar. 

Desde aquel 14 de febrero en que brotó de la mente de un niño pequeño aquella tierna pregunta salgo a la calle, miro el cielo y me pregunto con inocencia ¿quién pintó las nubes hoy? ¿A qué mano artística pertenecen esos trazos?

2 comentarios:

  1. Y lo mas increible es que cada persona ve las nubes de diferentes colores, formas y pinceladas...de acerdo con el estado de animo y las emociones que sienta. Gracias por escribir y compartir.
    Tu Tía Raquel

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  2. Me gustó el rescate de aquella inocente frase infantil en donde hay todo un mundo maravilloso de imaginación e inguinidad. Me gusta mucho tu prosa, muy ágil y fresca. La frase que dio pie a la entrada es muy linda, pero tu le diste un hermoso y trabajado soporte para ensalzarla.

    Saludos desde Chile.

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