20 dic. 2014

"There is hell to be raised. I am to raise it" (¡Spoiler!)


Si las circunstancias fueran distintas, podría considerar The Beating of her Wings (3.02) uno de los más soberbios finales de una serie de televisión dramática de los últimos años (quitando el hecho de ser el segundo episodio de una temporada de ocho). Sin embargo, nuestra arraiga visión occidental de la justicia siempre nos ha inculcado la imagen del héroe caído que aspira a la redención. Es un panorama que se ha explorado hasta el cansancio y Ripper Street no fue la excepción. Si la primera temporada sirvió como mera introducción a las peripecias de la policía metropolitana en las barriadas de Whitechapel y la segunda ahondó en personajes secundarios como el sargento Drake o el capitán Jackson, la tercera viene a rematar con quien debió de haber empezado. En este episodio hay algo en la trasformación del inspector Edmund Reid que como espectadores sólo consigue erizarnos todas las capas de la piel hasta provocarnos un escalofrío que nos recorre el cuerpo. Es a su vez una consecuencia de lo que nos parece ajeno. Una errata en el guión. Mirándolo con detenimiento no debería ser difícil entenderlo; lo que pasa es que nos negamos a creerlo.

La historia de Reid nos fue mostrada a pedazos; pequeños indicios de aquí y de allá que uniéndolos todos revelaban un suceso trágico en el pasado que involucraba la desaparición de su hija pequeña y el resquebrajo total de su frágil matrimonio. In My Protaction (1.03) nos trae a un inspector afligido, exigiéndole fortaleza a su esposa moribunda a cambio de una promesa: contarle por qué motivo no puede aceptar la muerte de su hija y las circunstancias que orillaron a su desaparición. En esa época, al idealista de Edmund le pesa la ingenuidad a toneladas; era esa clase de personajes cuya actitud ante su propio trabajo no puede tacharse sino de perfeccionista, pero a su manera. Sin embargo, conforme la trama avanza esto cambia poco a poco hasta desembocar en el asesinato a sangre fría de quien le arrebató a la niña. La escena en sí es horrorosa y está tan carga de sentimiento que revierte la imagen que teníamos de él hasta transformarlo en otro ser. Algo como eso habíamos captado cuatro años antes, cuando a los pies del ring, le pide al sargento Drake matar a golpes a su íntimo enemigo. No se le puede culpar de frivolidad, sino de una excesiva ceguera vengativa que lo debilita tanto que él mismo se desconoce. Existen tales y cuales dialogo donde sus palabras nos taladran la conciencia. Generalmente es Bennet Drake quien está ahí para expiar sus pecados, para taparle los fallos, señalar sus errores y perdonarle todo al conocer sus imperfecciones. Hay una dinámica en ambos que funciona, una salvación mutua entre el veterano y el policía que siempre consigue sobreponerse a cualquier decepción. Los cinco minutos que Bennet le da para dejarle huir cuando cometió su transgresión de la justicia nos demuestra lo que uno es capaz de hacer por el otro. Favor con favor se paga.

Y es que las confesiones de Reid siempre consiguen acaparar la imagen y el sonido. Son pequeños trocitos de nada, proclamaciones mínimas a ciertas personas, gritos silenciosos ahogados en frías sepulturas que cuando brotan logran conmover. Aun así, raramente fue su esposa la oyente de tales palabras, propias de una relación donde ambas partes se asfixiaban en sus reclamos. Am I Not Monstrous? (2.02) dio indicios de que algo deplorable había pasado con el matrimonio y Emily no fue vista desde entonces (probablemente recluida en algún hospital psiquiátrico para curar la locura provocada por la actitud del propio Reid). Y es que el inspector no estaba obsesionado con la búsqueda de su hija, a pesar de la certeza de sentirla viva, sino con su trabajo. Una actitud desmedida donde imperó su descuido al hogar para equilibrar la balanza a favor de una justicia cuestionable que menguaba mucho en el Londres victoriano. El inspector Jedediah Shine se presenta como el contrincante corrupto, la fuerza de la ley debilitada por sus propias ambiciones y podredumbre. Un hombre despiadado y feroz. Un opresor orgulloso de su desobediencia autoritaria que pone la bala allá donde le plazca; que asesina a sangre fría sabiendo del amparo que le brindan los poderosos, vulnerados por los propios ases que esconde bajo la manga. Puñaladas duras que saborea con placer cuando se siente protegido por la impunidad imperante en una sociedad que se rasga las vestiduras por un gramo más de dignidad. Es entendible el desprecio que Edmund tiene hacia él, es comprensible la rabia que brotó en ese grito imperioso cuando Bennet escuchó estupefacto aquel desgarrador “¡Mátalo!” en la esquina del ring. El lamento del animal herido, el réquiem del que pensó que la rectitud de su trabajo jamás podría caer a un nivel más bajo. Pero el inspector Edmund Reid cayó y no dejó de caer hasta que esta tercera temporada le dio la oportunidad de arremeter contra quienes lo merecían. Shine queda pendiente, pero otros no corrieron con la misma suerte y será exquisito (aunque no por ello correcto) ver cómo culminaran estos dos últimos episodios. En el arco pasado no fueron los casos los que brillaron en sí sino la vida privada del sargento, el doctor y el inspector Shine, dejando de lado casi por completo a Reid. El círculo se cerraría bien con esta temporada. Y lo interesante sería ver cómo quedarán ubicados Bennet Drake y Homer Jackson, porque Rose y Susan también tienen cabida aquí.


La historia de Bennet la saboreamos como pocas, la sufrimos a rabiar y ahora nos queda ver al boxeador que se levanta con el rostro cubierto de sangre, pero vivo. Porque Bennet siempre ha sido un personaje de peso, con una actitud que sobrepasa el corte militar para subyacer en el deber que siente como custodio de la ley. Hay algo en sus ideales que esconden las viejas enseñanzas del propio Reid. Las antiguas, añejas y entrañable obras del policía exacerbado y herido. El rebelde de Bennet absorbe más de ternura en su postura que el mismo inspector (por muchas torturas que le corran por sus puños cerrados). Sus principios jamás han colapsado a pesar de lo cerca que ha estado de verse degenerado por camaradas con los que antes había compartido banderas y vinos. The Weight of One Man's Heart (1.05) expone el peso de sus glorias pasadas dándole la oportunidad de reivindicar sus principios militares, anteponiéndolos a los que imperan en las calles. Un acto que raya en lo terrorista, que lo sacude por dentro y le planta una bofetada que de otra manera jamás habría sido capaz de percibir. Madoc Faulkner sólo consiguió con su actitud echar por tierra la idea romántica del leal marino convertido en pirata que proclamaba a los cuatro vientos la ingratitud de un gobierno que olvidó a él y a los suyos apenas la guerra se dio por acabada. Esto era algo atroz que Bennet necesitaba ver con sus propios ojos, atestiguar a punta de pistola un escenario que Reid jamás podría mostrar desde las oficinas de la policía, ni tampoco arriba de un ring. Esas cosas se ven, se tienen que sentir para que se conviertan en algo; ya sea una enseñanza o una decepción a largo plazo. Porque el camino empedrado del sargento jamás terminó allí, logró extenderse hasta verle felizmente casado con una mujer que le ofrecía cinco minutos de paz en un burdel donde no conocían ese concepto. Si el hombre saboreó la fortuna en sus manos esta no se aplazaría demasiado al descubrir quién era en realidad la esposa detrás de la máscara. El culto fanático expuesto en A Stronger Loving World (2.06) logra derrocar hasta las cenizas la fortaleza de un estoico personaje, no tan estricto como su propio jefe, pero sí competente y sagaz. El declive del sargento llega aquí, cuando su entrañable Bella se auto inmola frente a sus ojos matando a parte de él en el proceso. Nunca le habíamos visto tan perdido, ennegrecido por su propia conciencia, bañado entre tanto remordimiento y espanto. Su agonía mental fue peor de lo esperado, su descenso se confundió con una derrota aplastante donde los mismos demonios que le persiguieron antes amenazaban con aprovecharse de sí sin darle tiempo a reconocer sus fallos. Si Rose Erskine regresa a su vida es sólo para convencerle de que él es más que una maraña de sentimientos contradictorios anidados en su mente. Sin embargo, no es ella a secas quien lo despabila de su agónico trance, sino el cuerpo de una persona asesinada. Algo nacido dentro de él lo devuelve a la realidad a base de dolor y misterio. Renace como un ser distinto, más realista que antes y quizá un poco más entregado a la rectitud que impera en su nuevo cargo. De más peso. De más responsabilidad. Pero sobre todo de más posibilidades para mostrar su verdadero rostro. 

      
La historia de Homer Jackson es distinta. El norteamericano cirujano cowboy perdido en las calles del Destripador trata de buscar su absolución viviendo al margen de la ley mientras colabora con ella. Es el anti héroe con bata blanca, olor a cigarrillo y vino en la mano; tronco común de lo que tiempo después sería la ciencia forense. El tipo podrá ser un alcohólico mujeriego sin vergüenza pero entre toda esa pestilencia se esconde el joven que soñó con explorar el mundo. El matrimonio que durante dos arcos vimos compartir con Long Susan se hace añicos rumbo a la tercera temporada. Pero hablar de él es hablar de ella y para comprender a uno tendríamos que vincularlo con el otro, independientemente del rumbo distinto que tomaron apenas inició esta nueva etapa. El médico de la armada estadounidense formó una extraña relación con la hija de un magnate que terminó viviendo en Inglaterra dirigiendo un burdel en el cual habitaban cada uno a su manera. El panorama ya de por sí se presta para exponerse como la cumbre de lo bizarro, pero al parecer el truco les funcionaba (y más de una vez vimos a la policía pasear entre prostitutas para arrastrar a Jackson hasta los pies de un nuevo cadáver). Tachar la relación de Jackson y Susan de disfuncional sería cortar demasiado hilo de una tela que se entreteje demasiado como para ser definida en una sola palabra. El matrimonio se mantuvo unido a pesar de que por cada ilusión que tenían les llovía una docena de desgracias. De alguna manera eso les otorgó la fortaleza que de otra manera no habrían conocido. Cuántas veces no les vimos discutiendo su idílico sueño a la luz de una chimenea. Huir muy lejos donde nadie nunca les juzgaría por sus decisiones. De hecho, las conversaciones a puerta cerrada siempre fueron las más significativas; eran aquellas charlas donde botaban todas sus máscaras, mismas que guardaban toneladas de amarga sinceridad y que generalmente terminaban en utensilios y portazos resonando hasta los cimientos del peculiar hogar. Es verdad que Jackson siempre necesito unos milímetros de vino en sus venas para sincerarse ante Susan pero no podría negarse el amor que se le derrochaba en la mirada cuando la tenía enfrente. Ella también pudo aspirar a algo mejor (basta con escucharle cinco minutos frente a su padre para entender de qué estoy hablando), su testarudez y gallardía la ubican por encima de cuanta mujer del siglo XIX se le ponga enfrente. Existe algo de cínico en su carácter que fusiona con elegancia y altanería, algo innato que atrae a quienes la tratan, y resulta bastante chocante darse cuenta que alguien pudo aprovecharse de ello para su propio beneficio. El bastardo de Silas Dugan sabía dónde encontrar la vulnerabilidad de Susan, sabía cómo escocer cada herida recibida en el pasado o de qué manera podría doblegar a una fiera innata; porque la madame siempre defendió lo suyo: el territorio arcano en los barrios bajos, la elegancia e independencia de su propio negocio, la integridad de las chicas que estaban bajo su amparo (por muy cuestionable que esto pudiera resultar). Susan hacía su trabajo y lo hacía bien; también ocultaba secretos, dolores, angustias y deudas endemoniadas, y se sentía acaparada por un feminismo que la superó en Become Man (2.03). La actitud de ella en el reciente camino me resulta ajena; la desconozco. Su poderío no sólo opacó esa destreza gentil que atravesaba la pantalla bajo la protección de su burdel, sino que terminó por aniquilar cualquier rastro de la mujer que una vez amó al capitán Jackson.
[Aun me faltan ver un par de episodios de esta última temporada y probablemente hay alguna especie de a lost in traslation que se me escapa de las manos porque no he podido encontrar subtítulos en inglés ni mucho menos en español desde que Amazon tomó el timón de la serie. Si a eso le agregamos los slang que se cuelan entre los diálogos, ufff… Vamos, que no es como para montar un dramón pero de que me pierdo un poco pues sí, lo normal.]
El futuro que le depara a la pareja será digno de ver sólo al observar lo bien que se la estaban pasando en “Your Father, My Friend” (3.04). Mismo en el que la misma Susan parece reivindicar la esencia de sus principios con ese cardiaco final que nos deja petrificados. La mujer debilitada por el poder se desvanece ante el crimen cometido. Resulta estremecedora la escena final de este específico capítulo. La rabia contenida, la culpa por las decisiones tomadas y el odio creciente frente al imbécil que le ayudó a olvidar quién era en verdad le llevó a volarle los sesos sin pensarlo demasiado, justo después de preguntarle “¿Tú sabes qué es eso? ¿Tú sabes lo que es ser un hombre bueno?”; preguntas directas que también sirven como melancólica elegía al inspector Reid, herido por ella, que agonizaba en un charco de sangre a escasos centímetros de donde taladraron las palabras.


Ripper Street acarrea con el peso de las series cortas e incomprendidas por la multitud. Un camino antes recorrido por Hannibal, The Fall o The Killing, quienes también estuvieron en el umbral de la cancelación, aunque ésta serie no posee la densidad argumental de las otras mencionadas. Hace apenas unos días escribí un poquito sobre ella. Hace apenas nada, mencioné que si la dinámica del trío protagonista seguía intacta, ahí estaría yo para verla brillar. Pero esta tercera temporada apuntó el cañón hacia la posición contraria. La dinámica se ha resquebrajado y las partes implicadas siguieron sus propios caminos en direcciones que estaban lejos de estar cercanas. Era algo que ya me esperaba; si hubo algo que brilló en Our Betrayal (2.07.08) fue precisamente esa rotura en la confianza de los tres. Dejando eso de lado, vale destacar la fortaleza con la que Ripper Street resurgió de las cenizas. Cancelada por la BBC hace unos meses fue acogida por Amazon para traernos ocho episodios que estuvieran a la altura de los que les antecedieron. Pero lo que hicieron fue más allá: revitalizaron una serie agónica, no por su trama sino por las circunstancias, y le inyectaron la fortaleza necesaria para culminar una tercera temporada que apunta a ser la más épica de todas sin olvidarse de sus principios. La esencia de los primeros casos, la base de la criminalística como ciencia forense y el nacimiento de una nueva era siguen ahí, intactos y eso es quizá lo que más atrae de ella. Esa diversidad de asesinatos y conspiraciones pequeñitas en el barrio de Whitechapel, que sin querer, remueven los altos estándares hasta llegar a los poderosos. El trío de camaradas encabezado por Reid sigue funcionando a pesar de los cambios por los que han pasado en los cuatro años que vivieron separados. También vale la pena destacar que la obsesión desmedida del inspector por el peso que recae sobre sus hombros nos llevan a atestiguar la creación de la base de datos de criminales y reincidentes a golpe de maquinas de escribir, tinta y opacas fotografías; rarísimo de ver en una serie de televisión, donde nos tienen acostumbrados a la tecnología de punta de los centros de investigación ficticios que superan con creces a la realidad. (Sobra decir que la inclusión del entrañable Joseph Merrick a la trama es tan conmovedora como trágica.)   

Ripper Street no es sólo una serie recomendada sino necesaria. Un show que apostó a lo diferente, a lo antiguo versus lo moderno. Que logró captar con exquisita maestría una etapa decisiva en el sistema policíaco contemporáneo, tiempo que fue un parte aguas en los métodos investigativos o el despertar de la energía eléctrica en la vida cotidiana, el avance de la ciencia y la medicina o la creciente popularidad de la fotografía o huellas dactilares como insuperable recabador de evidencias. Sin olvidarnos de la vida personal de los protagonistas que, conforme las temporadas avanzan, engullen con facilidad el crimen cometido para anteponer la subtrama al primer plano. Imposible ignorarla, y sobre todo imposible de olvidar. Si esta temporada es la despedida, la están haciendo a lo grande; si es un nuevo comienzo, están poniendo el listón demasiado alto.

8 dic. 2014

Supongamos que hablo de series de TV...


Anteriormente mencioné que me he pasado gran parte de mi tiempo libre en Netflix devorando cuanta serie, película y documental se me ponga encima. Lo cierto es que nop, sólo he visto dos programas completos en streaming y uno de ellos terminó vía torrent en mi laptop. (Lo siento, pero Kevin Bacon merece ser descargado y almacenado en un disco duro; está en la Constitución). Cuando Netflix llegó a México los cibernautas tuvimos la oportunidad de probarlo gratuitamente y sin compromiso de subscripción durante un mes entero. Yo “lo hice”, y lo pongo entre comillas porque literalmente salí huyendo cuando me di cuenta que para disfrutar de algo gratuito tenía que soportar interrupciones cada cierto tiempo para ver desfilar anuncios por la pantalla como si estuviéramos en la época de la televisión ¡IM-PER-DO-NA-BLE! Por supuesto, en la opción de pago esto se anula (de algún lado tiene que salir el dinero, ¿no? xD), así que cuando mi hermana y Sarai me invitaron a compartir su cuenta conmigo se desató un mini big-bang en mi teléfono celular que amenaza con no detenerse jamás. Hacía muchísimo tiempo que algo no me entretenía tanto; y no hablo de una manera específica, sino general. Dejé de ver la TV hace ya cinco años o más. No fue un propósito ni nada parecido, simplemente sucedió. Ya no me resultaba atractiva e interesante. Si quería ver algo específico ahí estaba Internet para poner el universo entero a mis pies, y como suelo enfocarme en una o dos cosas a la vez siempre hubo una constancia en mis películas, series o documentales. Poco a poquito fui enamorándome de todo aquello que abandoné cuando me olvidé de la televisión.   

Netflix es otro universo. Es verdad, es nuevo, le falta añadir toneladas de material que merece estar alojado en su sitio, pero tiene un repertorio envidiable y una variedad de géneros nada despreciable. Además, claro, tiene series originales. De ellas, sólo he visto un par de episodios de Orange is the new Black y ni siquiera estoy segura que sea mi estilo. La trama es buena, pero no me llama la atención, ni siquiera siento empatía por sus protagonistas, lo cual me parece un punto clave a la hora de ver una serie de varias temporadas. Eso sí, tengo el hype a tope con Marco Polo que está próxima a estrenarse en el mes de diciembre y yo firmo totalmente porque en el tráiler la producción se ve BRUTAL.

En mi casa jamás hemos acostumbrado a ver la TV cuando estamos comiendo todos en la mesa. Eso aplica únicamente para el desayuno y la comida, y muy raramente para la cena. Actualmente mis hermanos estudian fuera y mi papá trabaja en otra ciudad, así que mi mamá y yo comemos y cenamos en horas distintas. Ya no coincidimos para charlar como lo hacíamos antes. Cuando trabajo por las mañanas soy yo quien da las comidas acompañada de mi soledad y el aburrimiento mortal, así que la grandiosa idea de adentrarme a Netflix se dio por sí sola, en un arrebato de amargura. Para pasar el rato y no atragantarme con la comida sin meterle demasiadas neuronas al asunto suelo ver algún episodio de Muévete o Muérete, un programa que pretende ser interactivo aunque sin conseguirlo. Más o menos sirve para que te des una idea de qué hacer cuando te encuentras en situaciones peligrosas como un tornado, el ataque de un tiburón, una avalancha, un auto en el fondo del agua, un tsunami, etcétera. Te dan tres opciones para que tú elijas cuál podría ser la correcta y después revelan si acertaste o no y te explican por qué. En el furor del momento probablemente vas a olvidar la mitad de las cosas que te aconsejan pero bueno, tampoco es su obligación salvarte la vida, ¿verdad? XD Por otro lado, Doomsday Preppers se mueve entre la paranoia americana y el survivalismo del fin de los días. Se me dibuja una sonrisa en el rostro cuando lo veo y trato de que esa sonrisa no sea burlesca porque, pensándolo bien, cuando a los gobiernos mundiales les aburra el orden establecido sólo será necesario un botón para desatar un cataclismo sin precedentes (¡Tú sabes quién eres, Putin!) y este grupo de gente será la única que más o menos sabrá qué hacer. Lo que me parece curioso de este show —que raya en lo bizarro, lo mediocre y su veracidad— es que estos preppers se preparan para un específico desastre, de tal manera que aquellos que armaron su plan contra unos tornados categoría 5 que asolarían la mitad de la población de una ciudad estadounidense promedio, serían los primeros en palmarla si el caos mundial se debiera a no sé, una guerra nuclear, por poner un ejemplo cutre. El otro punto que me resulta absurdo es que la mayoría de estos luchadores de los escenarios posibles del apocalipsis son generalmente personas de edad avanzada, jubilados, diabéticos o obesos mórbidos. Digo, si yo invirtiera parte de mis ingresos laborales o de pensión para prepararme para el Armagedón y la inminente caída del sistema financiero global por lo menos intentaría llegar vivo a ese momento. Pondría mi empeño y todo lo que esté a mi alcance para estar lo más sano posible. Me imagino que esa es la clave ¿no? Lo básico.    
  
Dejando esto de lado vayamos a lo que nos atañe: The Following y Ripper Street. He decidido ver series de dos en dos porque ese plan ya me funcionó anteriormente con The Mentalist y Castle así que why not? (Sin spoiler, en general).
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The Following: 
The masque of the red death.


Jamás había escuchado hablar de The Following. La serie se estrenó en enero del año pasado y yo no sé dónde estaba metida para que me pasara totalmente de largo. El asunto me ofende más porque Kevin Bacon es el protagonista y ni siquiera me enteré. Además, a la trama se le podía sacar muchísimo jugo. Resulta que el bueno de Bacon interpreta a Ryan Hardy, un ex agente del FBI que es requerido como consultor de la policía para que ayude a encontrar al asesino serial que él mismo se encargó de llevar al corredor de la muerte 10 años atrás y que terminó fugándose de una prisión de alta seguridad semanas antes de su ejecución. El criminal Joe Carroll está obsesionado con Edgar Allan Poe, por lo que sus asesinatos se encuentran fuertemente vinculados a los trabajos del escritor basados en la fijación que Poe tenía de la muerte y el amor.

Personalmente pienso que la serie tuvo un piloto extraordinario y una primera temporada que pretendía ser épica pero que al final no lo consiguió. Gran parte del fallo lo encuentro en lo poco que exploraron la psicología de Hardy. Su psique es la de un personaje fuertemente trastornado por el evento que una década atrás casi lo lleva a la tumba y por consecuencia lo sumergió en una obsesiva depresión que amenazó con hundirlo en el alcohol (asunto que después desaparece, así sin más). Si bien, el primer episodio comienza fuerte, el resto se encarga de desinflar poco a poco un argumento que termina por rozar lo inverosímil. Y es que FBI en general resulta absurdamente incompetente, incluso ahí en ese episodio donde brilló: Tenían que asegurar una casa, velar por la integridad de los que lo habitaban pero van y les secuestran a un niño en sus narices y se comenten asesinatos a dos pasos de donde se encuentran parados… ¡¿HOLA?! Entonces uno se pregunta a qué estamos jugando. Vale, esto es desde mi punto totalmente realista. Ahora, si aplicamos la suspensión de la credulidad enfocándonos en disfrutar la historia —con sus agujeros o no—, pues sí, me ha parecido entretenida. Al final ese es el punto ¿no? Lost tampoco brilla por su veracidad. Mirándolo todo con perspectiva crítica puede costarnos un buen tocho de nuestra cordura entender cómo es posible que un criminal de la categoría de Carroll haya sido capaz de formar su fan club desde la biblioteca de una cárcel. No es que el asunto sea imposible (hay muchos pirados en el mundo) pero oye, ser un multi-homicida y usar Internet con total libertad sin que tengas a dos hombres de la ley haciéndote guardia con una lupa para ver qué buscas, qué haces o con quién hablas es afirmar cosas fuertes, ¿eh? XD.

El punto a su favor, creo yo, es esa vuelta de tuerca que le dan a la imagen de un asesino serial tradicional para que, aun siendo el némesis del protagonista, sean otros los que cometan crímenes en su nombre. Existe también este vínculo casi obligatorio entre el detective y el asesino pero la forma en la que se retrata en el show jamás termina por cuajar: lo muestran como algo profundo, tan profundo que no podemos verlo —o nos pasa de largo, qué sé yo— pero jamás lo vemos visualizarse, tomar forma, exponerse en la pantalla, lo cual no me convence demasiado, la verdad. Aun no sé si me voy devorar la segunda temporada o pasaré totalmente de ella; sobre todo porque no puedo hacer un maratón de esta serie, es algo que mi hermana ya me había advertido. Un capítulo al día sí que me resultó digerible, pero hasta ahí. Hay algunos episodios que están tan abarrotados de sangre, gore y suspense que termina por formarse una barrera para mantener a raya la cordura que amenaza con hacerse añicos cada tantos minutos.

La recomendaría, pero no esperen a un Hannibal Lecter y mucho menos CON ESE FINAL.


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Ripper Street || CSI: Whitechapel


La primera vez que supe de Ripper Street fue cuando la BBC la canceló. Sí, ya sé que esa no es la mejor manera de comenzar algo, pero gracias a Firefly supe que hay series preciosas que son canceladas porque la gente es tonta y no porque sean malas. Afortunadamente algún directivo de Amazon también pensaba lo mismo que yo y decidió salvarla. Ahora su tercera temporada es trasmitida por Internet y el universo ha regresado a su orden establecido. Netflix me la recomendó después de ver Orgullo y Prejuicio debido a que el actor Matthew Macfadyen —quien interpretó a Darcy— aparece en un papel principal en Ripper Street, y como el título prometía pues ahí me tienen religiosamente una semana entera con dos episodios por día.

Dejemos de lado el nombre del show y la sinopsis que te venden como primicia, porque lo cierto es que, el que menos pinta vela en este entierro es precisamente Jack el destripador. El mítico asesino serial que se paseó por las calles de Londres en el siglo XIX sólo es mencionado en dos o tres casos sin tener más relevancia de la necesaria; es decir, él no es el responsable de los crímenes que se le atribuyen en esas ocasiones. Tómenlo como spoiler si quieren, pero no lo considero como tal. Por lógica, podemos deducir que la serie no es lineal sino procedimental y cada semana nos trae un nuevo caso de asesinatos variados cometidos precisamente en el distrito de Whitechapel. De ahí el nombre de la serie: la calle del destripador.

El protagonismo recae en el inspector Edmund Reid, encargado de la División H de la policía metropolitana que junto con su mano derecha, el sargento Bennet Drake (Jerome Flynn), investigan homicidios cometidos en el este de Londres. La parte forense del asunto corre a cargo de Homer Jackson (Adam Rothenberg) un pirado estadounidense que a su vez está casado con Long Susan (MyAnna Buring), la bella y testaruda madame de un burdel que ambos administran. 

Realmente no sé exactamente qué fue lo que más me llamó la atención de Ripper Street, pero sus temporadas cortas fue un enganche de inmediato; ocho episodios así hasta se hacen cortos. O quizá algo tuvo que ver Londres y la época victoriana que Conan Doyle ya me había encasquetado años atrás con su detective consultor. Además, hay que recordar que fue en esos tiempos cuando se vivió la efervescencia de los nuevos métodos aplicados a la resolución de crímenes, la criminalística comenzaba a tomar la forma que ahora conocemos y ya, sólo por eso, Ripper Street vale la pena. Los casos tampoco tienen desperdicio. Vale, el primer episodio fue interesante pero normalón y casi paso del segundo en su totalidad, pero el tercero fue un enganche de inmediato, donde el equipo de investigación comenzó una carrera contra el tiempo debido a un misterioso producto que comenzó a envenenar a la población a un ritmo frenético. Los episodios posteriores mejoraron notablemente y, aunque la segunda temporada dio un bajón notable en cuento a los casos (no así a la vida de los protagonistas, que fue un plus total), termina por estallar de manera esplendida en los dos capítulos finales, que rematan de maravilla lo que venían mostrándonos anteriormente.

Ahora no tengo ni idea de cómo irá la tercera temporada —pienso ver los episodios ya emitidos estos días aunque no hay subtítulos disponibles en inglés o español—, pero mientras mantengan la dinámica del trío principal intacta, la fortaleza de Susan, la testarudez de Rose y un homicidio en turno cada semana pues vale, ojalá que brille por muchísimos años más, por muy optimista que esto suene. :)   

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THE MENTALIST: 
Nothing but blue skies.


OH.MY.LORD! A The Mentalist solo le queda una mini temporada y esto se acabó. No me lo creo. ¡Ains! Por una parte quiero que se acabe y por otra el fangirlismo me gana y ya le agarré cariño. He terminado de ver el primer episodio de la séptima temporada y bueno, aun no sé cuándo fue la última vez que me emocionó tanto que una pareja se volviera canon. Lo bueno de esta etapa final es que la serie tiene la oportunidad de irse por la puerta grande. Ya no tienen ninguna deuda que saldar, únicamente ofrecernos ese final que se merece una trama que fue exprimida hasta el cansancio. El lado positivo de todo esto es que a Bruno Heller sólo le queda la opción de hacer un fanservice total con el presupuesto de producción que tiene disponible ¡YEY! Seamos sinceros, las situaciones en las que pondrá a Jane y Lisbon serán únicamente para saciar nuestra noble morbosidad de la manera más educada que pueda y si eso implica poner en riesgo la vida de alguno de los dos pues lo va a hacer, o si quiere inspirarse de algún fanfiction pues ¿qué le cuesta? Por ejemplo, el 01.07 se llamó Nothing but blue skies, ¿se puede ser más jodidamente cursi, Bruno? Really?! XD La cosa no termina allí, resulta que ahora cuando aparecen los dos tortolitos el mundo se vuelve de color pastel, llueve purpurina y los unicornios vomitan arcoíris frente a mis ojos. Una cursilería muy mona y empalagosa. I like it! :D

Tendremos a Marcus Pike rondando por ahí de vez en cuando, lo veo venir desde aquí, por lo que la tensión está más que asegurada. Eso ya quedó demostrado en este capítulo y es fijo que será explorado más adelante con mayor detalle nada más para agregarle carbón al fuego. Tampoco olvidemos que Erica Flynn regresa a la vida de Patrick para joderle un poquito a Lisbon la fragilidad de su cordura de jovencita enamorada. DRAMA TELENOVELERO, EH. Pero como Bruno Heller ya prometió un final feliz con todas las de la ley pienso que no hay nada de qué preocuparse. Tengamos fe en el hombre, jamás nos ha fallado. Esta última temporada es para disfrutarla, aun con todas esas situaciones incómodas en las que veamos a Lisbon y a Jane lidiando con una relación peculiar tanto para ellos como para nosotros. Además, el bueno de Abbott siempre estará ahí como capitán de nuestro barco para que no se estanque ni se hunda. All hail the King!



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SHERLOCK: Where it is always 1985.

Y después así sin más, el equipo de Sherlock (BBC) decide lanzarnos esta imagen.


¡HOLA! ¡Madre del amor hermoso! ¿Pero qué es esto? ¿Cómo me lo explicas?

A estas alturas ya sabemos que los productores de Sherlock son unos trolls del demonio; siempre lo han sido. Según ellos esta foto es una pequeña muestra de lo que se verá en el capítulo especial de la serie que se trasmitirá a finales del 2015 y la liberaron el día que hicieron el read-through del guión, así que todavía no sé cómo ponerlo en contexto. La cuestión aquí es que no tengo la menor idea si el argumento del mismo seguirá la línea de tiempo de la serie o será una chorrada épica de proporciones monumentales. Ni siquiera sé si me explico XD. Para ser sincera me atrae muchísimo la idea de un episodio totalmente alterno que nos trajera al clásico Sherlock Holmes de Doyle recorriendo las calles del Londres de 1895 con los actorazos de la BBC haciendo de la suyas cual idea bizarra sacada de los oscuros pasillos de FF.NET or something like that. Es una tarea titánica, vale, PERO SERÍA UNA JOYA. OK, probablemente estoy soñando demasiado y sólo será una misión encubierta a una fiesta de disfraces :D. Igual, me emocionaré como toda la vida lo he hecho desde que conocí esta serie.

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Outlander: 
Sing me a song of a lass that is gone… 


El fandom de Outlander es sumamente afortunado. Probablemente es la base de fans más querida, mimada, apreciada, valorada y respetada por un equipo de producción que he conocido en general. Es un derroche de amor y ternura lo que hacen por nosotros. Es cierto, fue una bofetada inmensa cuando supimos que tendríamos que esperar siete meses para la segunda parte de la primera temporada de la serie, pero oye, también ellos se merecen un digno descanso. Después de filmar semana tras semanas en la gélida Escocia, es lo mínimo que se merecían ¿no? Sin embargo, para que la espera no se haga eterna y dejemos de comernos las uñas producto de la ansiedad producida por el abstencionismo, nos han ido regalando material inédito poco a poquito. Hace apenas un par de días decidieron ser demasiado generosos con nosotros y así de golpe sin previo aviso nos lanzaron un teaser/tráiler de los episodios que trasmitirán a partir de abril y AKSDLSKDKSJDK, MORÍ Y VOLÍ A RESUCITAR DE LA EMOCIÓN. QUÉ JOYITA. Eso sin olvidar el calendario de adviento que comenzó el 1 de diciembre y nos trae un regalito diario hasta ¿Navidad? Y una escena inédita cada cuarto día de cada mes, escenas que por cuestión de tiempo no pudieron incluirse en los primeros 8 episodios. Y claro, siempre nos quedarán las cuentas de Twitter o Instagram, de los actores, creadores, directores, tipos de vestuarios, etcétera ¡y hasta del perrito de la serie! AINS! ¡Nos están mimando mucho! :)

Ahora que Salamandra España sacó una reedición del primer libro de la saga sólo me queda esperar pacientemente que llegue a México muy pronto. Así que...